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martes, 27 de noviembre de 2012

LA VEJEZ (Juan García de Quevedo). Nos envía esto nuestra amiga mexicana Paty Ramos. Gracias por estar en todo.

LA VEJEZ    (Juan García de Quevedo)

A los 55 años se empieza a ser invisible, cada año un poco más, hasta llegar a perder el pelo, como la memoria, los dientes, como los sueños y una barba blanca te sitúa en tu realidad.  Los días se vuelven cortos y las noches eternas.

 
Hace muchos pero muchos años el abuelo ocupaba el lugar principal de la casa.  Se le besaba la mano y a diario se le saludaba con mucha pero mucha reverencia.  Se guardaba silencio cuando dormitaba y la vida de la casa giraba en torno a él. Tenía todos los cuidados y atenciones.  Era memoria y símbolo del nombre que se llevaba y nunca debía mancharse.  El abuelo y la abuela eran signos de identidad que se recorrían de padres a hijos y nietos.  La casa primera, esencial, única e irrepetible era la de los abuelos. Casa y refugio, casa donde nacieron tus padres y fueron niños.  La abuela generalmente vestía de negro o azul marino con círculos blancos.  El 24 de diciembre la casa se llenaba literalmente.  Parecía mitin, toda la familia era centro de fortaleza y de unión.  El abuelo hablaba con voz baja y todo mundo guardaba silencio.  La abuela era abnegada y se encargaba esencialmente de revestir al abuelo de alabanzas y virtudes.  La familia era una especie de ciudad pequeña donde se tomaban identidad y certidumbre.  Los divorcios no existían y menos se pensaba en ellos.  Era un mundo lleno de certidumbres.

 
         Hoy en día los viejos empiezan a ser una molestia, se les abandona a su soledad. 

 
         Se les visita poco y poco tiempo.  Los rituales antiguos se han ido perdiendo.  En Europa y ahora aquí también en México se les confina en asilos, donde serán extraordinariamente cuidados; con enfermeras, actividades, nuevas amistades, nuevas historias pero una soledad profunda porque les tocó vivir también el otro mundo.

 
         Se habla de que no hay tiempo para nada, la vida es trabajar y dormir en casa, por tanto están mejor cuidados con su enfermera y cuidadora de toda la confianza.  La TV les aproxima al mundo y también la prensa y el fin de semana se pasa un rato más largo con ellos.  La vejez duele y estar día tras día más cerca de dejar este mundo duele más y duele porque los viejos ya no verán a sus hijos y nietos que es en verdad todo su mundo posible y también necesario.
 
         A los 55 se empieza a ser invisible, cada año un poco más, hasta llegar a perder el pelo, como la memoria, los dientes como los sueños y una barba blanca te sitúa en tu realidad.  Los días se vuelven cortos y las noches eternas.  Ya no se vive para conquistar al mundo sino para sobrevivirlo.  En las calles, a veces, los autos frenan para que pases y se te empieza a mirar con una especie de generosidad sencillamente porque ya no eres competencia para nadie.

 
         Se inician las consultas al médico y ves a tus nietos con la ternura y el amor con que viste a tus hijos y luego te preguntas qué mundo vivirán.

 
         La conciencia de la vejez inexorable es uno de los dolores más hondos que puedan sentirse.  Sabes muchas cosas, tienes mucha experiencia pero las máquinas llamadas internet y sus derivados vuelven innecesarios tus conocimientos y tu experiencia.

 
         La tecnología, las máquinas que todo lo ven y todo lo saben son capaces de grandes maravillas pero también de la inutilidad de tus conocimientos.  De hecho no te permiten morirte; te permiten y exigen que permanezcas viejo y más viejo porque se acaba de descubrir algo nuevo para curar tu mal.
         Yo admiro a mis amigos ermitaños que con un libro y dos idas al cine completan su vida.  Estos amigos ni visitan ni buscan ser visitados.  Caminan solos una hora por su colonia, pensando en nada o en todo, qué más da.  Sin embargo, extraño la vejez de mis abuelos y lo que fue mi casa originaria y sobre todo morir decentemente como mis abuelos en su cama.


TONY LEBLANC, un genio del humor.

Homenaje a un genio que nos hizo reír a todas las generaciones primero en el Cine El Pilar del Señor Arsacio, y después en la TVE.
Por suerte seguimos con su sonrisa.